Escándimor, la nueva sección de métrica

Quien haya medido versos en el colegio recordará la frustración: contabas con los dedos las sílabas de un endecasílabo, te salían doce y el libro insistía en que eran once. La primera lección práctica de la métrica es que la cuenta, así en crudo, no sale.

No sale porque las sílabas de un verso no son las de sus palabras sumadas. Cuando una palabra termina en vocal y la siguiente empieza por otra, las dos vocales se pronuncian de un golpe y cuentan como una sola sílaba: es la famosa sinalefa. Y la última palabra del verso hace el resto: si es aguda suma una sílaba, y si es esdrújula, resta una. Hacer esta cuenta, con sus fusiones y sus ajustes, es lo que se llama escandir.

Iedra tenía casi todas las piezas para hacerlo. De las palabras sueltas sabía ya bastantes cosas —cuántas sílabas tienen, dónde llevan el acento, cómo se pronuncian, con qué riman—: de ahí salen el diccionario de la rima y media ficha de palabra. Solo faltaba dar el paso de la palabra al verso. Ese paso es la nueva sección: Escándimor.

Pegas un poema y sale su análisis. Pero dar el número era la parte fácil; lo que yo quería es que la herramienta enseñara la cuenta entera, paso por paso y con la fuente de cada regla al lado. Por dentro no hay ninguna inteligencia artificial, solo la transcripción fonética que Iedra ya usaba y un montón de reglas extraídas de los tratados de métrica. Por eso el análisis tarda milisegundos y da siempre el mismo resultado.

Para quien prefiera poner a prueba sus conocimientos, he incluido también un taller interactivo que oculta el análisis para que hagas tú la escansión.

La página de Escándimor, la sección de métrica de Iedra, con el Romance del prisionero en la caja de texto de la izquierda, con su atribución «Ejemplo: Anónimo, Romance del prisionero» debajo, y su análisis a la derecha: una cabecera que dice «Romance», «verso dominante: octosílabo (8 sílabas)» y «Esquema de rima · asonante» con ocho cajitas —- a - a - a - a—, y debajo la lista de los ocho versos, cada uno con sus sinalefas marcadas con el arco ‿, una etiqueta «octosílabo · 8» y la letra a en los versos pares.

La cuenta de un verso

La mejor forma de entenderlo es ir de los versos fáciles a los difíciles, y el poema de la captura —el Romance del prisionero, un romance viejo anónimo— tiene de todo en sus ocho versos:

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor,

Es un romance, de modo que los versos son octosílabos y los pares riman en asonante (calor, flor, ruiseñor, amor). El tercer verso es el caso elemental:

cuando los trigos encañan

Aquí ninguna palabra acaba en vocal justo antes de otra que empiece por vocal, así que no hay nada que fundir, y las sílabas de sus palabras, sumadas una a una, dan ocho. La cuenta del colegio, por una vez, sale a la primera.

En el primer verso entra en juego la sinalefa:

Que por mayo era, por mayo

Sus palabras suman nueve sílabas, pero mayo acaba en vocal y era empieza por otra, y la sinalefa las funde en una sola sílaba métrica. La fusión viene de cómo hablamos: nadie pronuncia ma-yo-e-ra dándole una sílaba a cada vocal, decimos ma-yoe-ra, de un golpe, porque el español encadena por naturaleza las vocales vecinas. Los manuales consideran la sinalefa casi una ley de la lengua más que una regla del verso, así que el cómputo la aplica por defecto: el verso cuenta lo que la boca dice, no lo que la ortografía separa. Con ella descontada bajamos a ocho y la cuenta cuadra.

El siguiente verso ilustra la última regla básica del conteo:

van a servir al amor

Siete sílabas, y no falta ninguna, porque amor es aguda, y los versos acabados en palabra aguda cuentan una sílaba más (los acabados en esdrújula, una menos). Es la ley del acento final que asomaba al principio del post, y su lógica es musical: el oído mide menos el número de sílabas que el sitio donde cae el último golpe, y como el español está hecho sobre todo de palabras llanas, espera una sílaba después de ese golpe. A la aguda, que se queda sin ella, se le cuenta como si la tuviera; a la esdrújula, que trae una de más, se le descuenta. Por eso este verso de siete sílabas contadas con los dedos y «cuando los trigos encañan», que tiene ocho, miden lo mismo.

Pues ya estaría, ¿no?

Muy bien, con la sinalefa y el acento final ya tenemos las reglas básicas que nos permiten contar en condiciones las sílabas de un verso. Pero algo extraño sucede en el segundo verso de este romance:

cuando hace la calor

Trae una sinalefa (cuando‿hace) y acaba en aguda, así que la cuenta sale a 6 + 1 = 7 sílabas, en un romance que necesita versos octosílabos.

¿Qué pinta entonces ahí este verso de siete sílabas? Un verso que no cuadra a la primera no suele estar mal construido. Los poetas tienen varias triquiñuelas para meter en vereda los versos que se resisten. La sinalefa es lo normal al hablar, pero nada obliga a hacerla: quien recita puede pronunciar las dos vocales separadas, dándole a cada una su tiempo, y los poetas se sirven de esa libertad, sobre todo cuando una de las vocales lleva acento, como aquí la a de hace, que vuelve la fusión más forzada. Como el romance se compuso contando ocho, que el verso salga corto es la señal de que ese contacto se leía en dos tiempos, y recuperar esa lectura deshaciendo la sinalefa es la licencia que los tratados llaman hiato: cuan-do-ha-ce-la-ca-lor, ocho sílabas, y la cuenta cuadra. El motor aplica esta solución y advierte de la ambigüedad:

Nota: la elección no es única. Cabría también una diéresis en el diptongo de «cuando»; el cómputo es el mismo, pero la lectura concreta del poeta puede diferir.

Esta nota aparece siempre que hay más de una manera de cuadrar el verso, y pasa más a menudo de lo que parece. Todas las alternativas son métricamente válidas, y sin oír recitar al poeta no hay forma de saber cuál eligió, así que la herramienta las muestra todas, aplica una y deja constancia de la duda.

Todo esto se puede mirar con dos niveles de detalle. La vista Resumen, la de entrada, se queda con lo esencial de cada verso: sinalefas, ley del acento final, resultado y rima. La vista Completo lo saca todo: la negociación de las licencias, los acentos del ritmo, las notas de duda y las citas de las que hablo en el siguiente apartado.

El segundo verso del romance desplegado en modo Completo. Una lista de pasos en bandas de colores: conteo («Sílabas fonológicas: “cuando” (2) + “hace” (2) + “la” (1) + “calor” (2) = 7»), sinalefa (se funde cuando‿hace, −1), acento final («calor» es aguda, +1), aritmética (7 − 1 + 1 = 7 sílabas métricas, heptasílabo), objetivo (8 sílabas), desvío (falta 1), licencia («Se deshace la sinalefa cuando‿hace (+1). Hiato (o dialefa) favorecido porque “hace” es tónica: “la sinalefa con una vocal acentuada resulta violenta”»), dos notas en cursiva (la lectura rival con diéresis en «cuando» y la marca ¨ que la fijaría), resultado (8 sílabas, cuadra), ritmo (acentos en 2 y 6, con dos rejillas de sílabas debajo: sin licencias y con licencias) y rima (asonante «o», también llamada parcial, vocálica o imperfecta; oxítona por el acento final; comparte timbre con los versos 4, 6 y 8, letra a). Casi todos los pasos llevan uno o varios superíndices numéricos. Los pasos de un solo verso, en modo Completo. Los superíndices llevan a la bibliografía.

En la caja superior a los versos, el esquema de rima sirve de navegador. Clicar en una de esas casillas te lleva al verso concreto, y al pasar el ratón por encima se resaltan todos los que riman. Al lado queda el conmutador «Distinción (z = θ)», que decide si casa y caza riman en consonante, como le suenan al seseante, o solo en asonante.

Cualquier análisis se puede compartir con el botón 🔗, que copia un enlace con el poema dentro, así que quien lo abra verá exactamente lo mismo que tú. Para hacer pruebas rápidas, la herramienta incluye un catálogo de ejemplos repartido en tres filas —formas, tipos de verso y licencias—, donde cada chip carga un poema que trae de verdad lo que anuncia.

La fullería de los poetas

Las licencias habituales son las tres de los manuales, y el análisis siempre las presenta como hipótesis que cuadran la cuenta:

  • El hiato, que deshace una sinalefa.
  • La sinéresis, que funde dentro de una palabra dos vocales que normalmente irían separadas (po-e-ta leído poe-ta).
  • La diéresis, que separa un diptongo (rui-do leído ru-i-do).

Si ya sabes cómo lo leía el poeta, puedes escribir la diéresis con su marca (rüido, jüicio) y el cómputo la aplicará sin conjeturar nada. Es lo que pasa en la lira de Fray Luis, cuyo «mundanal ruïdo» solo llega a las once sílabas por la marca. Sin ella, el motor propondría un hiato en otro punto del verso y dejaría esta diéresis como lectura rival.

A esas tres se suman dos licencias mucho más raras, que el motor solo propone con condiciones estrictas. La diástole desplaza la posición del acento de una palabra, y explica la estructura de un soneto de Góngora que arranca con «El Conde mi señor se fue a Nápoles» y que solo mide y rima si se recita como llana («Napóles») para poder rimar con «caracoles». Como mover acentos arbitrariamente desvirtuaría cualquier análisis, el motor solo permite la diástole en la palabra final de verso y únicamente cuando la medida y la rima la exigen de forma simultánea.

La otra no le pasa a un verso, sino a la juntura entre dos. Las coplas de Jorge Manrique van alternando octosílabos con quebrados de cuatro sílabas, salvo que algunos quebrados salen de cinco: que es el morir, y consumir. Un verso tan corto no se sostiene solo, así que esa sílaba sobrante se la queda el de arriba, que acaba en aguda y ya venía con una sílaba regalada por la ley del acento final. Los tratados llaman a esto compensación; cuando el verso de arriba es llano y las vocales se enlazan de uno a otro —quisiera / encontinente, en unos versos del Marqués de Santillana— lo llaman sinafía. Solo la propongo donde la documentan las fuentes, en versos de cinco sílabas o menos que van detrás de uno más largo. Fuera de ahí, en castellano no se enlaza un verso con el siguiente.

Hay una última fullería más minoritaria pero menos ambigua: los metaplasmos. Con ellos el motor no tiene que adivinar nada, porque la licencia ya viene escrita: felice por feliz, coronista por cronista, dalde por dadle, palabras alargadas o recortadas para que quepan en el verso, corrientes hasta el Romanticismo y hoy en desuso. Como la alteración va en la propia palabra, la cuenta sale bien sin ayuda. Lo que hace el análisis es reconocerlas, con una lista cerrada de formas documentadas en los tratados, y explicarlas. En la vista Completo, la palabra aparece marcada en el propio verso y un paso cuenta de qué forma moderna viene y cómo se llama la figura. La lira de San Juan de la Cruz del catálogo junta tres en cinco versos: fuerdes, vierdes y decilde.

Cada regla con su cita

Cada regla aplicada en el análisis lleva su superíndice bibliográfico. Al final se compila la lista numerada con todas las referencias usadas, que en el romance de la captura suma dieciocho fuentes.

La bibliografía del análisis del romance: una lista numerada de dieciocho referencias. Entre ellas, «Domínguez Caparrós, Diccionario de métrica española, s.v. romance», «Quilis, Métrica española, §3.3.1», «Benot, Prosodia castellana i versificación, vol. III, p. 47», «Bello, Principios de la ortolojía i métrica, Métrica, apéndice VII (ed. 1884, p. 209)» y «Domínguez Caparrós, s.v. diéresis (el signo ¨ o crema)».

Las fuentes son las de referencia: tres manuales del siglo XX y dos tratados del XIX.

  • Antonio Quilis, Métrica española: es el manual clásico de las facultades de Filología, y de su fonética sale la mayoría de las reglas que usa el motor.
  • Tomás Navarro Tomás, Métrica española: reseña histórica y descriptiva: publicada en 1956 desde su exilio en Estados Unidos; el subtítulo es literal, y sirve para ver qué hizo cada época con las formas del verso (además, su nombre lo puedes leer al revés y no te vas a equivocar).
  • José Domínguez Caparrós, Diccionario de métrica española (Alianza, 1999): la obra de referencia para consultar qué es exactamente una octavilla o un ovillejo, término a término.
  • Andrés Bello, Principios de la ortolojía i métrica (1835): el tratado del autor de la Gramática americana entra en juego para resolver cosas concretas, como la ley del acento final o la regla para cortar los hiatos.
  • Eduardo Benot, Prosodia castellana i versificación (1892): tres tomos del lingüista gaditano que sirven para fundamentar la medida del ritmo por acentos y resolver licencias como la del pie quebrado.

Hay decisiones que los manuales no resuelven, porque no dicen qué licencia va antes si varias cuadran el verso; cuando el motor desempata por su cuenta, el paso lo declara y va sin superíndice. Así se distingue de un vistazo qué parte del análisis sale de un libro y qué parte es criterio propio.

Ponerle nombre a la estrofa

El analizador reconoce 38 formas con nombre: el soneto y sus variantes (sonetillo, soneto inglés, con estrambote, en alejandrinos), el romance y el romancillo, cuarteto, serventesio, redondilla, cuarteta, terceto encadenado, décima espinela, lira, octava real, copla de pie quebrado, quintilla, octavilla, cuaderna vía, ovillejo, silva, haiku, soleá

De todas ellas, la estrofa sáfica es un caso aparte, porque no hay rima por la que reconocerla (su seña de identidad es no llevarla) y hay que identificarla por el ritmo, con sus tres endecasílabos acentuados en la cuarta sílaba y su pentasílabo final —el adónico— acentuado en la primera y la cuarta. Para poder nombrar una estrofa fiándote solo de los acentos, tienes que tener los acentos bien medidos. Un poco más abajo, en el apartado de pruebas, hablo de esto.

Cuando el poema no encaja en ninguna forma reconocible, la cabecera se limita a describir el poema: «12 versos heterométricos (octosílabos y hexadecasílabos), rima asonante». Me parece mejor esto que empezar a dar falsos positivos. Esta prudencia ante la ambigüedad hace que, de los 368 poemas que uso de control, el modo estricto todavía no ha puesto ningún nombre equivocado.

Hay además un grupo intermedio de formas que existen y se usan, pero que los poetas manejan con más libertad de la que se describe en los tratados (la silva, la octavilla, los pareados en serie, algunas variantes de soneto). El modo estricto, el que viene activado por defecto, no las nombra. Pero cuando detecta una, te avisa: «El modo Audaz reconocería aquí una forma probable: silva arromanzada». Pulsas el botón y se activa, la nombra y la marca como probable.

Es necesaria tanta cautela porque clasificar estrofas automáticamente sigue siendo un problema abierto en lingüística computacional. Rantanplan, un analizador de referencia para el español, desarrollado por el grupo POSTDATA de la UNED, acierta la estrofa en el 78,63 % de los casos —en un examen sobre estrofas sueltas donde el sistema no puede abstenerse: siempre da un nombre, acierte o no—, y sus autores titularon el artículo donde lo cuentan «A bridge too far for artificial intelligence?».

La rima que va por dentro

Los versos muy largos se parten en dos mitades, con una pausa en medio que se llama cesura, y cada mitad se mide por separado: un hexadecasílabo son en realidad dos octosílabos, 8+8. A veces, la palabra que va justo antes de la pausa rima con el final del verso. A eso los tratados lo llaman rima interna. Y cuando las que riman entre sí son las dos mitades del mismo verso, la figura tiene nombre propio desde la Edad Media: rima leonina.

Iedra las detecta y las explica, pero solo cuando hay señales suficientes para ello. Este es «El cuervo» de Poe en la traducción de Marco Manrique:

Cabecera del análisis de dos estrofas de «El cuervo»: «12 versos heterométricos (octosílabos y hexadecasílabos), rima asonante», el esquema de rima - A - A A a - A - A A a, y una fila «Rima interna» con los timbres -osa, -ido, -erno, -elo, seguida de una nota que explica que 7 de los 10 versos compuestos aportan consonancia en la cesura y que en los versos 1, 3, 7 y 9 la rima une los dos hemistiquios del mismo verso.

Este poema tiene rima interna sistemática: 7 de sus 10 versos compuestos aportan consonancia en la cesura. No es eco casual (los primeros hemistiquios del verso épico iban sin rima: rimarlos de forma sostenida es, por tanto, diseño) y no parte el verso: los hemistiquios no cuentan como versos aparte y el esquema de rima no cambia. En los versos 1, 3, 7 y 9 la rima une además los dos hemistiquios del mismo verso: es la rima leonina, que usada en serie permite leer cada verso plegado como un pareado de octosílabos, sin partirlo en dos.

El listón para llegar a decir algo así está en tres versos, y sale de calcular cuántas coincidencias cabría esperar por puro azar con los timbres de ese poema. Por debajo de tres no decimos nada, porque dos versos que riman por dentro pueden ser perfectamente una casualidad.

El taller interactivo

El escáner lo explica todo, pero nadie aprende a escandir mirando cuentas ya hechas. Para eso está la segunda página, el taller, donde escondemos el análisis y ese trabajo lo tienes que hacer tú.

Un ejercicio del taller: la rima LIII de Bécquer, «Volverán las oscuras golondrinas», con la etiqueta «Nivel 1 · Cuenta» y la instrucción de contar las sílabas métricas de cada verso. El primer verso está activo, con la pregunta «¿Cuántas sílabas métricas tiene este verso?» y una botonera de números del 2 al 14; el resto de los versos esperan en gris. Arriba, ocho circulitos marcan el progreso por el poema.

Son cuatro niveles:

  • Cuenta: las sinalefas vienen ya marcadas con su arco. Tú tienes que sumar y aplicar la ley del acento final.
  • Marca: aquí hay que buscar las sinalefas pulsando en los huecos entre palabras. Comprobar sin marcar ninguna también es una respuesta válida, y a veces es la correcta.
  • Rima: hay que mirar el poema entero. Hay que asignar letras a los versos que riman entre sí y guiones a los sueltos. Al final hay que responder sobre el timbre: ¿consonante o asonante?
  • Licencias: versos que no cuadran a la primera. Hay que decir qué licencia lo explica y dónde cae.

El banco del taller tiene 32 poemas repartidos por los cuatro niveles, de Bécquer a Sor Juana pasando por Manrique, Storni y Rosalía de Castro, y también puedes pegar el tuyo. Cada poema da hasta tres estrellas: tres si aciertas todo a la primera, dos si has necesitado alguna pista, una si has tenido que revelar algún verso. Las pistas van en escalera: primero una indirecta, luego una pista más clara y, si hace falta, la solución.

Un verso del taller tras un fallo: se ha pulsado el 12, que queda tachado en rojo, y debajo aparece el aviso «Te has pasado: son menos. Repasa la suma: las sílabas de cada palabra, las uniones ‿ (cada una resta una) y la ley del acento final».

En el nivel de licencias, si colocas el hiato en un sitio distinto del que eligió el motor pero igual de defendible, el taller te lo da por bueno y te muestra además la del motor. Y pasa constantemente: de las preguntas de licencia del banco, tres de cada cuatro tienen una lectura rival de este tipo.

También se puede imprimir la ficha de un poema con la solución bocabajo, y el enlace de cada ejercicio es compartible, por si alguien quiere mandárselo a una clase. Eso sí, el progreso se guarda en el navegador, así que en un ordenador compartido las estrellas se mezclan.

Una ficha imprimible titulada «Si al imán de tus gracias, atractivo», de sor Juana Inés de la Cruz, del soneto «Detente, sombra de mi bien esquivo», con campos para Nombre y Fecha, la instrucción de marcar con el arco las sinalefas de cada verso y anotar sus sílabas métricas, los cuatro versos numerados con una casilla vacía al lado de cada uno, y al final, impresa bocabajo, la solución: las sinalefas marcadas en el texto, la cuenta de cada verso (11 · 1 sinalefa, 11 · 2 sinalefas, 11 · 1 sinalefa, 11 · 1 sinalefa) y una nota «Cuarteto endecasílabo — esquema ABBA — rima consonante», seguida de la URL a la versión interactiva del ejercicio.

Pruebas y validación

Hay dos corpus de versos escandidos a mano que sirven de banco de pruebas: los ejemplos que los propios tratados dan con la cuenta verso por verso, casi todos de Quilis (91 poemas, 643 versos), y un corpus del Siglo de Oro revisado a mano por Navarro-Colorado en la Universidad de Alicante (81 poemas, unos 5.000 versos). Sobre el subconjunto de ortografía moderna, la cuenta de sílabas del análisis completo —licencias incluidas— coincide con la del humano en el 99,3 % de los versos.

Aquí toca volver a Rantanplan, el analizador de la UNED que salía en el apartado de las estrofas. Antes de escribir un motor propio me planteé construir sobre él: es software libre, viene de un grupo de investigación serio y hace la misma cuenta. Lo descarté por dos razones. La primera es que la mitad del trabajo ya estaba hecho en casa: las sílabas, los acentos y la pronunciación que necesita la escansión son los mismos que llevan mucho tiempo sirviendo las rimas y las fichas de palabra de Iedra, así que adoptarlo habría significado convivir con dos pilas fonológicas contando cada una a su manera, abocadas a discrepar en los casos límite (y cargar con spaCy, que es muy pesado, en una página que responde en milisegundos).

La segunda razón es que la pieza que me interesaba es justo la que habría tenido que reescribirle. Por dentro, Rantanplan aplica todas las sinalefas posibles y las va deshaciendo hasta cuadrar con la medida que espera; en cuanto un patrón encaja, lo devuelve, y su artículo reconoce que a veces hay varios válidos y que se queda con el primero. De un mecanismo así no puede salir la cuenta explicada paso a paso con su cita comprobada, ni la nota que avisa de las lecturas rivales, ni un taller que dé por buena la otra colocación defendible del hiato. El módulo que habría tenido que sustituirle es el que decide las licencias; es decir, el motor que quería escribir.

Descartarlo como base no lo descarta como vara de medir, al contrario. Como es de otra escuela —se apoya en el análisis gramatical de spaCy—, sus aciertos y sus errores no tienen por qué coincidir con los de Iedra, y una segunda opinión vale precisamente por eso. Así que lo instalé y lo pasé por el mismo banco de pruebas, para comparar a tres bandas: humano, Iedra, Rantanplan. Sobre 5.669 versos, la cuenta de Iedra coincide con la del humano en el 99,3 %, y la de Rantanplan en el 96,9 %.

Esa ventaja conviene leerla con cuidado, porque la comparación mide solo el terreno común: la cuenta de sílabas sobre ese corpus. Rantanplan apunta a otra cosa. Su especialidad son los poemas de métrica mixta (los que cambian de metro sobre la marcha) y está pensado para procesar volúmenes masivos de poesía en un entorno académico, no para explicar la cuenta paso a paso a quien pega un soneto en una web. Por eso hay terrenos en los que sencillamente va por delante, como iremos viendo más adelante.

El corpus del Siglo de Oro presenta una dificultad añadida: muchas obras conservan la grafía del siglo XVI (vna por una, boluiendo por volviendo, començar). Rantanplan normaliza el texto antes de medir. Iedra, por su parte, detecta automáticamente si el poema usa ortografía de época y la adapta solo para el cálculo interno, de modo que el texto mostrado no se altera y el análisis indica qué palabras ha modernizado. Con este ajuste, la grafía de época no pasa factura: sobre este corpus leído en bruto, la coincidencia con la anotación humana es del 99,4 %, a la par del cotejo global de antes.

La otra trampa clásica del verso de esa época enseñó justo lo contrario de lo que yo esperaba. Hay un verso de Jorge Manrique donde la h de hicieron todavía se aspiraba y bloqueaba la sinalefa; es un problema tan conocido que el artículo de Rantanplan lo ilustra con un verso del soneto XXIII de Garcilaso: en «cubra de nieve la hermosa cumbre», la h de hermosa —del latín fermosa— aún se aspiraba, y esa sinalefa tampoco valía. Mi plan era mecanizar dentro del modo de grafía antigua la regla de que la h venida de f- latina bloquea la sinalefa. La implementé, y al medirla antes de darla por buena me encontré con que, sobre los 45 contactos de vocal con h aspirable del corpus áureo, bloquear la sinalefa no arregla ni un verso y rompe doce. Resulta que los poetas del XVI ya elidían esas haches cuando les convenía, y Benot lo avisaba en la misma página que documenta el fenómeno: «ya en tiempo de los clásicos mismos era vario el uso de las aspiraciones». Así que la aspiración entró en el análisis como lectura rival que se muestra, no como regla que decide por ti.

La mina del repositorio de Rantanplan

El grupo de Rantanplan publica, junto a sus artículos, su repositorio de evaluación, donde están los materiales con los que ellos mismos comparan los sistemas de escansión. De ahí salen dos exámenes más. El primero usa otro corpus del grupo de Alicante, ADSO: 100 sonetos del Siglo de Oro (1.404 versos, sin solaparse con los que ya usaba) donde el humano revisó no solo la cuenta de cada verso sino también su patrón acentual, sílaba a sílaba. El repositorio trae además las salidas de otros dos sistemas académicos sobre esos mismos versos —el de Navarro-Colorado y el de Pablo Gervás, que nunca llegó a publicarse—, así que el cotejo pasa de tres bandas a cinco.

En la cuenta de sílabas, Iedra acierta los 1.404 versos, el único de los cuatro sistemas sin un solo fallo, y eso que Rantanplan corre aquí con ventaja, porque el protocolo de sus artículos le adelanta que todos los versos son endecasílabos, mientras que Iedra los mide sin pistas. Navarro-Colorado, sobre su propio corpus, acierta el 99,6 %; Rantanplan el 99,9 %; Gervás el 86 %.

En el patrón acentual —la vara de medir estándar de los artículos académicos de escansión— Escándimor da el 92,0 %, frente al 93,4 % de Rantanplan y el 94,4 % de Navarro-Colorado. Escándimor queda por debajo, pero al revisar los fallos uno a uno resulta que buena parte son convenciones del anotador antes que lecturas mejores. ADSO anota «un» como tónico y las interjecciones «oh» y «ay» como átonas, y Escándimor sigue en esto a Quilis y a Caparrós (con «un» tónico, «Un soneto me manda hacer Violante» dejaría de ser el endecasílabo melódico que ponen de ejemplo los manuales). Si quitamos de la cuenta esas palabras de la discordia —«un», «oh», «ay»—, la puntuación de Escándimor sube al 96,9 %, por encima de ambos. Esta es la medida que sostiene la estrofa sáfica del apartado de las estrofas: con el ritmo contrastado contra 1.404 versos ajenos revisados a mano, hay base para que el motor nombre una estrofa solo a partir de los acentos.

Hubo además un dato que me gustó especialmente: en 33 de los versos donde discrepamos, el anotador humano había elegido justo una lectura que el motor ya confesaba como rival. O sea, que la nota de «la elección no es única» predice de verdad cómo varían las lecturas entre lectores. Y a los tratados del XIX les debemos el desempate de los hiatos: cuando varias fronteras empatan, el motor rompe pegado a la conjunción entre vocales, porque Benot dice que ahí la sinalefa «exige el hiato» y Bello da la dirección del corte (en «colgó la espada y el luciente escudo», la ruptura va en «espada / y‿el», con la conjunción fundida con lo que sigue). Para preferir la diéresis sobre el hiato, en cambio, no hay regla que citar —Benot dice literalmente que «no caben reglas»—, así que el motor la señala como lectura rival y no la elige por ti.

El segundo examen es EDFU, una lista de 106.353 palabras sueltas silabeadas a mano, que pone a prueba la base de todo lo demás, porque si el silabeador parte mal las palabras no hay capa de arriba que lo compense. El silabeador de Iedra —el mismo que llevan mucho tiempo usando las rimas y las fichas— acierta la partición exacta del 99,84 % de las palabras: por encima de los sistemas académicos de Navarro-Colorado (98,4 %) y de Agirrezabal (98,1 %), por debajo del 99,99 % de Rantanplan, con el matiz de que EDFU lo construyó el propio equipo de Rantanplan revisando salidas con sus criterios, así que su listón es en parte por construcción.

Solo a posteriori, leyendo con más atención su README, descubrí que las fuentes del corpus son Educalingo, Fundéu y Dirae… y Dirae es como se llamaba Iedra hace años. Me llevé una buena sorpresa: una parte de las silabaciones contra las que estaba examinando a Iedra salieron de la propia Iedra (el equipo las cotejó contra un estudio académico, así que no es exactamente corregirme con mis propios apuntes).

A este examen le debe además el diccionario unas 340 palabras que llevaban años con la cuenta de sílabas mal en su ficha y ya la llevan bien.

En total, el banco de pruebas queda así:

Corpus Poemas Versos
Ejemplos de los tratados (casi todos de Quilis) 91 643
Corpus del Siglo de Oro (Navarro-Colorado) 81 5.051
ADSO, sonetos con patrón acentual (Navarro-Colorado) 100 1.404
Catálogo de ejemplos 64 538
Banco del taller 32 235
Total 368 7.871

Los tres primeros llevan la escansión de un humano al lado, verso a verso. Si choca que 91 poemas de Quilis sumen 643 versos y los 81 de Alicante pasen de cinco mil, es porque «poema» significa una cosa distinta en cada fila: lo de Quilis son los fragmentos que el manual cita para ilustrar cada regla —una estrofa, un cuarteto, a veces un verso suelto—, mientras que el corpus de Alicante trae obras completas, con tiradas que superan los cuatrocientos versos. Los dos últimos son los poemas de la propia herramienta: su cuenta no la ha revisado nadie, pero cada uno anuncia una forma o una licencia que tiene que salir en su análisis, y sobre los cinco se vigila que el modo estricto no ponga ningún nombre equivocado. De aquí sale la cifra de poemas de control del apartado de las estrofas. Fuera de la tabla quedan las 106.353 palabras de EDFU, que examinan el silabeador y no cuentan como poemas.

Todo este apartado —los corpus, las salidas de otros sistemas, el examen del silabeador— existe porque el equipo de POSTDATA publica todo su trabajo en abierto, exámenes incluidos. Al frente están Javier de la Rosa y Álvaro Pérez; sin esa transparencia, la mitad de las comprobaciones de este post habrían sido imposibles.

Otra muestra de que estoy en Babia es que Javier de la Rosa es un viejo amigo, y no fue hasta terminar Escándimor entero y evaluarlo contra el estado del arte, Rantanplan incluido, que me fijé en que uno de los autores principales era él.

Limitaciones del sistema

Pero ninguna herramienta es infalible, y Escándimor tiene sus propios límites.

Para empezar, no puede adivinar cómo recitaba el poeta. El escáner ofrece una lectura razonable y enseña todas sus cuentas, pero en métrica no siempre hay una verdad única. A menudo ni siquiera existe una versión «correcta» con la que comparar, porque dos ediciones del mismo poema raramente coinciden en la ortografía o en las pausas.

La segunda es el acento, que se decide con una lista de monosílabos átonos y con las tildes diacríticas, sin mirar qué función hace cada palabra en la frase. Acierta casi siempre, pero cuando la tilde no basta para desambiguar un homógrafo, puede colocar mal un acento. En esto Rantanplan va por delante: como etiqueta cada palabra de la frase con su categoría gramatical usando spaCy, puede decidir si es tónica o átona por la función que cumple (aunque sus propios autores avisan del peligro: si el etiquetador falla la categoría gramatical, se lleva por delante el acento).

La tercera es la época. El motor está calibrado para la norma áurea y la moderna: el verso medieval se contaba de otra manera. En las cuadernas vías donde la lectura no junta vocales a mitad de verso —como en los Milagros de Nuestra Señora de Berceo («Daban olor sobejo…»)— los cuatro alejandrinos salen limpios y la estrofa se reconoce a la primera. Pero en la famosa apertura del Libro de Alexandre («Quiero fer una prosa en román paladino…»), la pausa central del siglo XIII separaba vocales que hoy leemos de un tirón (prosa‿en, creo‿un). Al medirlo con la pronunciación actual le salen trece sílabas en vez de catorce y la cuaderna vía se le traspapela. ¿Por qué no forzar al motor a deshacer esa sinalefa? Porque si intentara romper cualquier contacto vocálico a mitad de frase para convertir treces en catorces, empezaría a ver alejandrinos y cuadernas vías fantasma en poemas modernos que sí miden trece sílabas de verdad. En el analizador, esa prudencia es la que evita llenar la página de falsos positivos. La grafía antigua la salva la modernización que conté arriba. Lo que queda fuera es lo que el texto no muestra: la h aspirada de Manrique llega en versión modernizada, sin marcas escritas que la delaten, y ahí el motor solo puede ofrecerla como lectura rival.

Y la última son las estrofas esquivas, las que se definen por algo que la escansión no ve. La sextina, por ejemplo, no rima. Repite exactamente las seis mismas palabras al final de los versos en cada estrofa cambiando su posición. Como no hay consonancias ni asonancias que medir, no hay esquema de letras que la delate ante el escáner. Rantanplan reconoce 45 estrofas donde Escándimor se queda en 38, y buena parte de las que faltan son de esa familia. Rantanplan no lleva ese corsé. Siempre propone un nombre, acierte o no, y así consigue el 78,63 % de aciertos que mencionaba en el apartado de las estrofas. Son dos maneras de repartirse el error: Rantanplan acepta que uno de cada cinco nombres salga equivocado a cambio de etiquetarlo todo, y Escándimor acepta quedarse callado ante las formas esquivas a cambio de que las etiquetas que da sean de fiar. Por eso no hay una cifra mía que poner al lado de la suya: en su examen, callar cuenta como fallo.

Y otras formas tienen la variabilidad como seña de identidad: Caparrós describe la seguidilla o el cantar popular por su «fluctuación de los versos en su medida», y ante una estrofa que cambia a capricho no hay regla fija posible.

Gracias también a subetealanutria 🦦

Marco Manrique ha sido el primer usuario de todo esto. Lo ha usado desde antes de que estuviera presentable, me ha dejado usar poemas que rompían cosas y ha cedido textos suyos para el catálogo de ejemplos, que hasta entonces era todo de dominio público, es decir, todo antiguo.

De su Tenorio Remix, teatro en verso de 2025 que calca la polimetría del Tenorio de Zorrilla, salen dos ejemplos de redondillas, entre ellos los piropos con que Brígida engatusa a doña Inés:

pétalo de girasol,
burbuja de la marea,
cactus que chisporrotea
virutitas de ababol.

Sus traducciones aportan tres metros que el catálogo no tenía: los pareados de endecasílabos de «El Rey de las Hadas» de Goethe, los dodecasílabos del conjuro de las brujas de Macbeth y los hexadecasílabos de «El cuervo» que veíamos arriba.

Y sus octavas reales sobre Matrix —al estilo de Góngora, nada menos— son el único ejemplo del catálogo escrito en este siglo: la forma clásica, con su rima ABABABCC y sus endecasílabos, hablando de Trinity, de una placa madre y de un ponto booleano.

También una de las licencias más raras del catálogo llegó por un hilo suyo: el soneto de Góngora de los acentos movidos.


Escandir es, en parte, una decisión de lectura, así que esta herramienta se equivocará más de una vez. Por eso enseña sus cuentas: para que se le pueda llevar la contraria con argumentos. Si veis un verso donde el análisis esté claramente mal, o una forma que debería reconocer y no reconoce, avisad.